domingo, septiembre 24, 2017
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Ciencia hecha en pareja: Pierre y Marie Curie

Ha pasado más de un siglo desde aquel 26 de julio de 1895 en el que se casó una de las parejas más famosas y relevantes de la ciencia: Pierre y Marie Curie. Ellos inauguraron la tradición de los matrimonios que han ganado un premio Nobel.

En 1894, el investigador Pierre Curie (1859-1906) y la estudiante Marie Skłodowska (1867-1934) llevaban más de un año trabajando juntos en un laboratorio de París, y él se lanzó a pedirle matrimonio. La respuesta de la polaca fue taxativa: no podía casarse con él porque debía volver a Varsovia, a su casa.

Quiso el azar —y los prejuicios de la época— que la Universidad de Cracovia le negara un puesto académico a una mujer, que ganaría después dos veces un premio Nobel. Para convencerla de que volviera a Francia después de ese rechazo, Pierre le envió una carta en la que hacía hincapié en la nueva investigación sobre el magnetismo que estaba desarrollando.

El afán por el conocimiento devolvió a Marie a la capital francesa, donde comenzó su tesis doctoral sobre los curiosos rayos que emitía un mineral de uranio. Un estudio que, con la colaboración de Pierre, se convertiría en 1895 en el descubrimiento de la radiactividad espontánea. La pareja se casó el 26 de julio de aquel mismo año en la localidad francesa de Sceaux.

Continuaron su investigación en un cobertizo, mal ventilado, sin ser conscientes de los efectos nocivos que tendría para ellos la exposición continuada y sin protección a la radiación. En 1898, el matrimonio anunció el hallazgo de dos nuevos elementos radiactivos: el polonio —en honor al país natal de Marie— y el radio, aunque aún tuvieron que pasar cuatro años trabajando en condiciones precarias para demostrar su existencia. Finalmente, en 1903, ganaron el Nobel de Física junto a Antoine Henri Becquerel. Marie se convirtió en la primera mujer con este galardón.

Los efectos de la recepción del Nobel resultaron abrumadores para los Curie, que se vieron convertidos en foco de la atención pública por las expectativas despertadas por los fenómenos radiactivos. La atenta mirada a la figura de los Curie siguió incluso después de que Pierre muriera atropellado por un carruaje de caballos en 1906.

Así, cuando en 1911 se reveló que Marie había sostenido durante 1910 un breve romance con el físico Paul Langevin, un antiguo estudiante de Pierre que, además, estaba casado, la prensa y las revistas del corazón llegaron a tachar a la científica de “rompehogares judía extranjera”. Cuando se desató el escándalo, Curie estaba en una conferencia en Bélgica; a su regreso, se encontró con una muchedumbre enfurecida en frente de su casa y tuvo que refugiarse, con sus hijas, en la casa de un amigo.

Sin embargo, este escándalo no repercutió para que ese mismo año, la Academia Sueca le otorgara su segundo Nobel, esta vez en Química, por sus investigaciones sobre el radio y sus compuestos. La gran dama de la ciencia murió de leucemia en 1934, posiblemente a causa de la radiación a la que fue expuesta durante toda una vida dedicada a la investigación.

Frédéric Joliot e Irène Joliot-Curie
La fórmula Curie pasó a la siguiente generación. Su hija Irène Joliot-Curie (1897-1956) y su marido, Frédéric Joliot (1900-1958) repitieron la hazaña 32 años después, ganando el Nobel de Química. Tras la muerte de su padre, Irène parecía designada por Marie a ocupar el vacío dejado por éste y convertirse en su colaboradora.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la mayor de los Curie tenía apenas 17 años, pero su madre ya se la llevó al frente donde había desplegado una flota de sesenta unidades portátiles de rayos X, conocidas como “las pequeñas Curie”. En pocos meses, la dejó sola a cargo de una instalación radiológica de campaña, donde sola y sin ayuda, indicaba al cirujano la localización de las balas y la metralla. En 1926, ya con la paz en Francia y de vuelta en París, se casó con Frédéric Joliot, el ayudante de su madre.

Marie no encajó bien aquello. Temía que Joliot quisiera aprovecharse del apellido Curie. Era tal su desconfianza que trató de disuadir a su hija e insistió en que llegaran a un acuerdo prematrimonial para evitar que el marido controlara las propiedades de su esposa, tal y como estipulaba la ley francesa de la época.

Necesitaba asegurarse que Irène sería la única que heredaría las sustancias radiactivas del Instituto Curie. Irène hizo caso omiso de los consejos maternos y Marie, durante años, siguió presentando a Frédéric como “el hombre que se casó con Irène”. Él, sin embargo, sentía una gran admiración por su suegra y no dudó en aceptar su petición, cuando ella le insistió en prepararse para ser el gran colaborador que Irène necesitaba.

La colaboración científica entre ambos se centró en el estudio de las emisiones radiactivas y así llegaron a producir de forma artificial elementos radiactivos. Durante tres años de investigación, el matrimonio trabajó en las reacciones en cadena y en 1935, ambos científicos fueron galardonados con el Premio Nobel de Química “por sus trabajos en la síntesis de nuevos elementos radiactivos”.

Fuente: Beatriz Guillén Torres para Ventana al Conocimiento

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