sábado, diciembre 16, 2017
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Margaret Hamilton, la mujer que nos llevó a la Luna

El pasado mes de noviembre Barack Obama hizo entrega de las últimas Medallas Presidenciales de la Libertad que concedió antes de dejar su puesto como presidente de los Estados Unidos. Una de ellas fue para Margaret Hamilton, la mujer que, en un entorno eminentemente masculino, dirigió el equipo de desarrollo del software que hacía funcionar las computadoras de las naves del programa Apolo de la NASA.

Margaret Hamilton obtuvo una licenciatura en matemáticas y una diplomatura en filosofía en 1958, aunque al terminar la carrera estuvo un tiempo dando clase de matemáticas y francés a alumnos de instituto mientras su marido terminaba su carrera.

Ya en 1959, y aunque en principio Margaret Hamilton estaba interesada en dedicarse a las matemáticas abstractas, aceptó un trabajo en el Proyecto MAC – de Mathematics And Computers, Matemáticas y Ordenadores– del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), hoy conocido como Laboratorio de Informática e Inteligencia Artificial, en el que desarrolló programas para hacer predicciones meteorológicas usando computadoras.

De ahí pasó a trabajar en SAGE, un sistema de computadoras interconectadas que recibían datos de estaciones de radar y que estaba basado en el proyecto Whirlwind del MIT. SAGE tenía como objetivo controlar todo lo que sucedía en el espacio aéreo cercano a los Estados Unidos y que pudiera ser una amenaza para el país y durante muchos años fue fundamental para el funcionamiento del famoso NORAD, el Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial.

En 1963 trabajó en el Laboratorio Charles Stark Draper del MIT, que había ganado el concurso para desarrollar el software de los ordenadores de a bordo del programa Apolo, donde la contrataron el mismo día que hizo la entrevista para solicitar el puesto.

Por mucho que nos sorprenda hoy en día, en las primeras versiones de los documentos que especificaban los requerimientos del programa Apolo la palabra “software” no aparecía por ningún lado. Y eso que la NASA tenía claro que quería incluir una computadora de propósito general en las naves por la flexibilidad que ello suponía a la hora de añadirle nuevas funciones. Pero su desarrollo no estaba incluido ni en el presupuesto ni había reservado tiempo para su desarrollo.

De todos modos para cuando Margaret Hamilton se incorporó a su nuevo puesto de trabajo la importancia del software para los ordenadores de a bordo ya estaba razonablemente clara, aunque aún no estaba claro del todo cómo acometer su desarrollo.

De hecho, ella misma ya había escrito para entonces que las computadoras eran algo tan nuevo que las ciencias de la computación y la ingeniería del software más que disciplinas formales eran campos en los que se aprendía sobre la marcha, trabajando.

Margaret Hamilton defendía la idea de que cada misión era un sistema formado “en parte por el software, en parte por las personas, y en parte por el hardware”. Por eso proponía diseñar no sólo los programas necesarios para llevar a cabo la misión como podían ser el de navegación o el que controlaría el aterrizaje en la Luna sino también tener en cuenta la interacción entre los varios componentes del sistema y cómo eso podía afectar a su funcionamiento.

Una de las cosas que defendía Margaret Hamilton, por ejemplo, era la necesidad de diseñar los programas a prueba de errores de quienes los iban a usar, a pesar de la oposición de la misma NASA, que no veía tal necesidad, pues decía que los astronautas no se iban a equivocar nunca… Hasta que Jim Lovell consiguió borrar todos los datos de navegación de la computaadora a bordo durante la misión Apolo 8 al introducir un comando equivocado.

Sus ideas y su capacidad de trabajo –le echaba horas y horas, fines de semana incluidos– la llevaron en 1965 a estar a cargo del equipo de desarrollo del software, que en 1968 estaba formado por más de 400 personas.

Y en 1969 la validez de sus ideas quedó más que demostrada durante el alunizaje del Apolo 11. El ordenador de a bordo del módulo lunar, sobrecargado por la cantidad de tareas que tenía que realizar en ese momento, podía haber quedado saturado, lo que habría obligado a cancelar el alunizaje.

Pero gracias a la previsión de Margaret Hamilton y su equipo los programas que supervisaban el funcionamiento del ordenador detectaron esto y fueron priorizando tareas, dando antelación a la tarea más importante del momento, aterrizar el módulo lunar.

Fuente: El País / Javier Pedreira ‘Wicho’

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