jueves, septiembre 20, 2018
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Mendeleyev, el químico rebelde que ordenó los elementos

Se sabía que si un día se llegan a juntar trillones de átomos de copernicio formarían un metal, pues ese elemento tenía un sitio reservado justo debajo del zinc, el cadmio y el mercurio en la tabla periódica desde que fue creada en el siglo XIX por Dimitri Mendeleyev (1834-1907), un químico ruso también famoso porque su nombre figura en millones de botellas de vodka.

Mendeleyev no lo tuvo fácil para triunfar en la ciencia. En 1849, cuando tenía 15 años, su familia lo perdió todo en un incendio y su madre decidió llevarlo a San Petersburgo para que pudiera seguir estudiando. Había que cruzar toda Rusia. Más de 6,000 kilómetros desde su Siberia natal, a la que aún no había llegado el ferrocarril.

Viajaron haciendo autoestop y su madre murió al poco tiempo de cumplir su propósito y dejar a Mendeleyev matriculado. Ese año el escritor Fedor Dostoyevsky hizo el mismo camino pero en sentido contrario: había sido deportado a Siberia. Ambos salieron adelante y tuvieron una brillante carrera en San Petersburgo, donde las lecciones de Mendeleyev en la universidad llegaron a ser muy populares.

Cientos de estudiantes acudían a escuchar a ese hombre alto y extravagante, que admitía a mujeres entre su alumnado y que sólo se cortaba la barba y el pelo una vez al año. Pero él no era un showman. Sólo daba unas clases muy entretenidas, sin seguir un libro de texto, entre otras cosas porque no había ningún tratado elemental de química en ruso. Cuando se propuso escribir uno, decidió solucionar de paso el problema del desorden de los elementos.

Mendeleyev escribió los datos de cada elemento en una carta y se encerró en su despacho a ordenarlas. Primero puso los elementos por orden del peso de sus átomos. Otra posibilidad era hacer grupos con cartas de elementos parecidos. Entonces se dio cuenta de que podía combinar las dos reglas y, con su baraja de los 63 elementos que se conocían, hizo algo parecido a un solitario, con el peso atómico aumentando en cada fila y los elementos de propiedades similares alineados en columnas.

El alemán Lothar Meyer había hecho lo mismo, sin que ninguno de los dos supiera del trabajo del otro, pero Mendeleyev acabó un año antes, en 1869, y fue más atrevido que Meyer: cambió de sitio elementos que no encajaban bien por su peso y dejó libres huecos para elementos aún no descubiertos, de los que predijo sus propiedades y pesos atómicos.

No es que le echara las cartas a la Química. Sus predicciones se basaban en que vio que las propiedades de los elementos se iban repitiendo periódicamente en cada fila; de ahí el nombre de Tabla Periódica.

En sólo diez años se descubrieron tres elementos que encajaban en las predicciones de Mendeleyev (galio, escandio y germanio) y el mundo científico se rindió a sus pies. Incluso el zar Alejandro II le consistió su rebeldía política y hasta su bigamia, resultado de su segundo matrimonio, ilegal, con una joven estudiante de arte: “Es cierto, Mendeleyev tiene dos mujeres, pero yo solo tengo un Mendeleyev”.

Además, el zar le encargó poner en marcha los primeros pozos de petróleo rusos y cuenta también la leyenda que estableció que el vodka con denominación de origen debía tener 40 grados de alcohol, la gradación ideal para aprovechar al máximo su sabor, según había calculado Mendeleyev para su tesis doctoral. En realidad esto es un mito, que nace del marketing de la productora de vodka Russian Standard. El más famoso químico ruso nunca estudió el vodka y la graduación estándar de 40 grados se estableció en 1843, cuando él solo tenía 9 años.

Pasada su época dorada, Mendeleyev se convirtió en un científico conflictivo. Se enfurecía con sus colegas partidarios de nuevas ideas como la existencia del electrón, que se negó a aceptar. Pero conocer el interior de los átomos (con el electrón y otras partículas) sirvió para consolidar su tabla periódica, que ahora se ordena no por el peso de los átomos, sino por su número de protones. Cuando en 1955 se denominó mendelevio al elemento 101, a más de uno le pareció muy apropiado que fuese un elemento inestable.

Fuente: Francisco Doménech para Ventana al Conocimiento

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