viernes, noviembre 24, 2017
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¿Qué nos queda de Lamarck?

El concepto de evolución biológica que hoy sigue triunfando en la imaginación popular es anterior a Darwin; se encuadra en la visión del francés Jean-Baptiste Lamarck (1 de agosto de 1744 – 18 de diciembre de 1829), un naturalista que aportó grandes contribuciones en el campo de la taxonomía.

A él le debemos la acuñación del término “invertebrados” y la división de este grupo en diez categorías. Pero tal vez hoy se le recuerde más por la teoría que presentó por primera vez en una conferencia el 11 de mayo de 1800, y según la cual había una fuerza natural que obligaba a las especies a progresar hacia formas más complejas.

A lo largo del proceso, las especies iban cambiando para adaptarse a su entorno; los ojos del topo se atrofiaban por la falta de uso, y este cambio se transmitía a la descendencia. En resumen, Lamarck se basaba en dos ideas, cambio adaptativo y herencia de los rasgos adquiridos durante la vida del individuo. Esta última ya formaba parte del pensamiento de otros naturalistas de su época.

Medio siglo más tarde, la selección natural de variaciones aleatorias, introducida por Darwin, aniquiló la idea de la mutación adaptativa. A finales del siglo XIX el alemán August Weismann refutó la herencia de rasgos adquiridos al proponer que los cambios en las células somáticas no afectaban a la herencia, dependiente solo de las células germinales, como el espermatozoide y el óvulo. Así, por mucho que una jirafa estire el cuello, este alargamiento no se transmitirá a su descendencia, ya que no deja huella en su esperma o en sus ovocitos.

La resurrección científica de Lamarck
Y pese a todo, en las últimas décadas han surgido nuevos descubrimientos que han resucitado las ideas de Lamarck para una parte de la comunidad científica. A finales del siglo XX comenzó a comprenderse que ciertos rasgos adquiridos sí pueden heredarse; por ejemplo, la alimentación o la exposición a contaminantes pueden imprimir marcas químicas en el ADN capaces de anular la expresión de un gen.

Estas modificaciones no cambian la secuencia genética, pero dado que van enganchadas a la molécula de ADN, pueden transmitirse a la descendencia si afectan a las células germinales. Como consecuencia, un individuo podría tener alterado el funcionamiento de un gen debido a lo que comía su padre. Estos rasgos se denominan epigenéticos, y para algunos biólogos suponen una demostración de la herencia de caracteres adquiridos que ha inspirado una corriente neolamarckista.

Sin embargo, otros expertos cuestionan que los rasgos epigenéticos respondan realmente al modelo de Lamarck; en principio no son cambios adaptativos debidos al esfuerzo de un individuo, como sería el de “un pianista que aprende una sonata y su hijo hereda la habilidad”, señala el biólogo evolutivo de la Universidad de Harvard David Haig. Por este motivo, para Haig hablar de herencia lamarckiana “es un atolladero semántico”, ya que depende de la definición de cada cual.

Herencia de caracteres adquiridos vs mutación al azar
Debido a esta falta de carácter adaptativo, “es imposible separar por completo lo que es herencia de caracteres adquiridos y lo que es mutación al azar”, en opinión del investigador de la Universidad de Viena (Austria) Adam Weiss. Por su parte, Haig pone un ejemplo a este respecto: la falta de folato en la dieta puede provocar un cambio epigenético, mientras que un mutágeno en un alimento puede alterar la secuencia del ADN.

Ambos tienen el mismo origen (la dieta) y los dos se heredarán; pero ¿cuál es herencia lamarckiana y cuál responde al patrón de variación aleatoria descrito por Darwin? Lo relevante, señalan los científicos, es cómo funciona la evolución a largo plazo. Y en este sentido, dice Haig, los cambios epigenéticos existen porque son también “un producto de la selección natural darwiniana”.

Además de la epigenética, hay otro fenómeno descubierto recientemente en el que algunos expertos ven la sombra de Lamarck. Muchas bacterias poseen un mecanismo inmunitario llamado CRISPR, por el que un microbio puede incorporar a su propio ADN fragmentos genéticos de un virus invasor, con el fin de reconocerlo y responder contra él en ocasiones futuras.

Esta inmunidad se adquiere, es adaptativa y se transmite a la descendencia. Para el biólogo evolutivo William F. Martin, de la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf (Alemania), el sistema CRISPR es “exactamente lo que Lamarck tenía en mente; es un ejemplo en biología que se ajusta al mecanismo que predijo. Inmunidad adquirida en sentido real: caso cerrado”, afirma Martin.

No obstante, para Martin esto tampoco implica que la visión de la evolución en su conjunto deba desplazarse ni un milímetro desde Darwin hacia Lamarck: “Lamarck no tenía razón, porque casi toda la evolución procede como Darwin pensaba”. Haig coincide en que una cosa es que exista herencia lamarckiana, y otra muy diferente que esta sea motor de la evolución.

Se trata, aclara, de diferentes escalas temporales: “A corto plazo el sistema podría considerarse lamarckiano bajo algunas definiciones, pero su evolución a largo plazo es darwiniana”. En resumen, y según escribe Weiss en un reciente artículo publicado en la revista Trends in Ecology & Evolution, “revivir a Lamarck es injustificado y engañoso”. Lamarck fue “un tipo interesante con una teoría interesante”, concluye Martin; pero también “desafortunado”.

Fuente: Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

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