lunes, junio 18, 2018
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Un poderoso ejército de bacterias campa a sus anchas en las barbas y los bigotes

El vello facial ha acompañado al ser humano desde sus inicios. Nadie puede poner en duda que los primeros homínidos tenían más vello que los hombres actuales. Históricamente el primer retrato de un hombre con bigotes es una estatuilla que se encuentra en el Museo Louvre de París, que representa al mayordomo Keti y que data de la dinastía VI del Antiguo Egipto (2350-2190 a.C).

La barba y la camisa de cuadros forman parte de la establecida y distinguida seña de identidad de los hípster, una moda que ha llenado de pelo las caras de muchos varones actuales. De momento parece que han llegado para quedarse y siguen marcando tendencia, ya sean cuidadas, frondosas o de tres días.

¿Barba sí o no?
Más allá de la moda, las barbas y los bigotes son un nido de indeseables bacterias, tal y como demostró hace ya algún tiempo un grupo de científicos de la Universidad de Aston (Birmingham, Inglaterra). En este estudio se puso de manifiesto que los vellos de un hombre barbudo contienen unas 20,000 microrganismos, entre ellas la E. coli, un patógeno responsable de infecciones gastrointestinales y urinarias. Las muestras microbiológicas fueron tomadas con la ayuda de una torunda, sin necesidad de cortar el vello.

Estudios anteriores ya había tachado a las barbas de poco higiénicas, certificando que los hombres con vello facial son más propensos a sufrir infecciones cutáneas y a transmitirlas a otras personas. Cuando la cuestión parecía zanjada, otro estudio reabrió el debate. En esta ocasión fue realizado en un hospital estadunidense y vino a demostrar que los trabajadores barbilampiños tenían más probabilidades de albergar en el vello facial una bacteria multirresistente (Staphylococcus aureus resistente a meticilina) que los que lucían frondosas barbas. Esto se debía a que un tipo de bacterias que colonizaban la barba, se comporta agresivamente, siendo capaz de acabar con la bacteria que los antibióticos no pueden.

El tiempo en que los bigotes eran peligrosos
Siglos atrás el bigote vivió una moda similar a las barbas actuales. Dalí, Freddi Mercury y Tom Selleck, entre otros muchos, fueron iconos de esa tendencia. Durante décadas los hombres lucieron desde bigotes mínimos, casi pintados con rímel, hasta bigotes exuberantes como de domador de leones, pasando por bigotes alicaídos o poblados como selvas.

Durante mucho tiempo el bigote fue considerado un símbolo de hombría y virilidad. En este sentido, el ejército británico prohibió a sus miembros afeitárselo desde el siglo XIX hasta 1916, tal y como se recogía en la Orden 1695 del Reglamento Real de 1860: “El pelo de la cabeza se mantendrá corto. El mentón y la parte inferior del labio se deberá afeitar, pero no la parte superior…”

Esta legislación tuvo que ser abolida porque durante la Primera Guerra Mundial los bigotes aumentaban la mortalidad de la tropa, debido a que en muchas ocasiones impedían que las máscaras de gas se ajustasen perfectamente, aumentando el riesgo de inhalar gases tóxicos.

El vocablo “bigote” ya se recoge en el primer diccionario de la lengua española de 1495, del humanista Antonio de Nebrija (1444-522). Muchas veces la historia es caprichosa, parece ser que el término fue el producto de un error lingüístico que se remonta a 1492. Durante la conquista de Granada un grupo soldados suizos, fornidos y de largos bigotes, se atusaban sus pelillos y gritaban “Bei Gott” antes de entrar en combate. Los españoles, tan poco dados al bilingüismo por aquella época, desviamos el sentido original de la blasfemia –“Por Dios”– y se lo adjudicamos a los pelillos faciales que se manoseaban los germanos. En fin, pelillos a la mar…

Fuente: ABC España / Pedro Gargantilla, médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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