viernes, noviembre 24, 2017
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El relojero cuyo invento nos salvó de tener que soportar la pestilencia

“Ya no podemos seguir usando palabras elegantes”, sentenciaba un editorial en el periódico londinense City Press: “¡Aquí apesta!” La pestilencia a la que se referían era en parte metafórica: los políticos no habían resuelto un problema obvio. Con el crecimiento de la población de Londres, los sistemas para deshacerse de los desechos humanos pasaron a ser completamente inadecuados.

Para reducir la presión sobre los pozos sépticos, que tendían a desbordarse y a provocar erupciones de metano, las autoridades comenzaron a canalizar estos desechos por los sumideros. Sin embargo, esto creo un problema diferente. Los sumideros habían sido concebidos para canalizar el agua de la lluvia y terminaban directamente en el Río Támesis.

Y esa era literalmente la pestilencia: el Támesis se convirtió en una alcantarilla a cielo abierto. El eminente científico Michael Faraday se sintió movido a escribir un artículo en el diario The Times, luego de un recorrido en bote por el rio. Faraday describió las aguas del río como “un fluido opaco, marrón. Cerca de los puentes, las aguas sedimentadas forman nubes tan densas que son visibles desde la superficie”. La pestilencia era “muy fuerte… tanto como el que ahora sale de los sumideros en las calles”, señaló. La incidencia de cólera era muy alta. Un brote mató unas 14,000 personas, casi una en cien personas.

Plan revolucionario
El ingeniero civil Joseph Bazalguette elaboró un plan para construir un sistema de alcantarillado que llevara las aguas negras y la pestilencia muy lejos de la ciudad. Los políticos estaban bajo intensa presión para aprobar este proyecto. Faraday terminó su carta rogándole a “quienes ejercen el poder, a ser responsables” y a “dejar la negligencia” con la que estaban tratando el problema.

Y advirtió que “una ola de calor puede darnos una prueba real de la estupidez que representa nuestro total descuido”. Y fue eso precisamente lo que pasó tres años después. El intenso calor en el verano de 1858 llevó a que fuera completamente imposible ignorar la pestilencia del río Támesis.

La ola de calor se conoció popularmente como “La Gran Pestilencia”. Para quien vive en una ciudad con sistemas de sanidad modernos, es difícil imaginar vivir con la sofocante hediondez de los excrementos humanos. Y hay varias personas a las que agradecemos los logros en ese sentido, pero ningún otro merece más ese mérito que Alexander Cumming.

Cumming era un relojero de Londres que vivió un siglo antes de “La Gran Pestilencia”, y que alcanzó reconocimiento por su destreza mecánica. El rey George III le encargó la construcción de un complicado instrumento para registrar la presión atmosférica y creó también el micrótomo, un dispositivo para cortar rodajas súper finas de madera para el análisis microscópico.

Cuando Joseph Bazalguette finalmente consiguió los recursos para construir el alcantarillado de Londres, tomó diez años completarlo e implicó escavar 2.5 millones de metros cúbicos de tierra. Pero el revolucionario invento de Cumming no tenía que ver nada con precisión de ingeniería. Era apenas una tubería curvada. En 1775, Cumming patentó el S-bend -llamado así por su forma de S- o sifón. Este constituyó la pieza clave para crear el inodoro y con ello surgió la sanidad pública tal y como hoy la conocemos.

Pestilencia
Los inodoros habían fracasado hasta entonces por el problema del olor: la tubería que los conectaba a la alcantarilla, y que permitía que la orina y las heces se descargaran, también servía de conducto para que la pestilencia fluyera en la otra dirección a menos que hubiera algún tipo de barrera hermética.

La solución de Cumming era simple: doblar la tubería. El agua reposa en la parte honda impidiendo que el mal olor suba. Descargar el inodoro recicla el agua. Mientras que hoy hemos pasado del S-bend al U-bend, los inodoros todavía siguen la misma lógica.

La proliferación de esto vino muy lentamente. En 1851, los inodoros de descarga eran todavía una novedad, tanto que generaron un interés masivo en la Gran Exhibición de Londres donde por primera vez se expusieron productos manufacturados de todo el mundo.

El uso de esos inodoros costaba un penique, y de ahí surgió una de los eufemismos que más han persistido en la lengua inglesa para referirse al acto de vaciar la vejiga humana: hasta hoy, si vas a spend a penny, literalmente gastar un penique, significa que vas a orinar. Cientos de miles de personas hicieron fila para tener la oportunidad de vaciar sus vejigas, mientras se maravillaban con los milagros de la plomería moderna.

La Gran Exhibición no sólo le dio a los londinenses una visión de cómo debía ser la sanidad pública -limpia y libre de pestilencia- sino que también contribuyó a crear una ola de descontento popular, pues los políticos británicos le seguían dando largas al proyecto para construir el plan de alcantarillado que proponía Joseph Bazalguette.

Sigue siendo un problema grave
Aún no hemos encontrado la manera de resolver el problema de la falta de acción colectiva, cómo hacer que quienes ejercen el poder asuman sus responsabilidades al respecto. Ha habido mucho progreso. Según la Organización Mundial de la Salud, la proporción de la población mundial que tiene acceso a lo que se llama “mejoría sanitaria” ha aumentado desde un cuarto en 1980 hasta dos terceras partes.

Pero todavía 2,500 millones de personas no tienen acceso a esta “mejoría sanitaria”, que es de por sí un umbral muy bajo. Esta mejoría sanitaria “separa los excrementos del contacto humano”, pero no implica tratar las aguas negras como tal. Menos de la mitad de la población mundial tiene acceso a sistemas que hacen eso. Las consecuencias económicas no implementar sistemas de sanidad pública efectivos son muchas.

El inodoro volador
La Iniciativa Económica para la Sanidad del Banco Mundial ha tratado de evaluar el impacto en varios países africanos. Por ejemplo, se estima que una sanidad inadecuada resulta en dos puntos menos en el crecimiento del PIB anual de esos países. En India y Bangladesh es un 6% y en Camboya un 7%. Eso tiene un efecto acumulado.

El problema es que acceso a sanidad pública no es algo que la economía de mercado va a proveer. Construir un inodoro cuesta dinero, mientras que defecar al aire libre es gratis. Si yo instalo un inodoro, cargo con el costo, y los beneficios de calles limpias se extienden a todos.

En el lenguaje económico, a eso se le llama una externalidad positiva -cuando una persona o empresa no recibe todos los beneficios de sus actividades, y otros se benefician sin pagar- y los bienes que tienen externalidades positivas tienden a ser adquiridos a un paso más lento de lo que la sociedad en general preferiría.

El ejemplo más claro es lo que se llama como el sistema “del inodoro volador” de Kibera, un famoso barrio de Nairobi, la capital de Kenia. Funciona así: tú defecas en una bolsa plástica y luego, en la madrugada, lanzas la bolsa lo más lejos que se pueda.

Reemplazar el “inodoro volador” con uno real trae beneficios para su propietario, pero puedes estar seguro de que sus vecinos lo apreciarían también. Lo contrario sucede con el teléfono móvil. Éste también cuesta dinero, pero los beneficios los recibo yo. Esa es una razón por la cual el sifón o S-bend ha existido por 10 veces más años que el teléfono móvil, pero muchas más personas tienen un celular que un inodoro.

Si quieres adquirir un inodoro, también ayuda si hay un sistema de alcantarillado al que puedas conectarlo, pero construir uno es una obra de gran magnitud, logística y financieramente. Debido al “problema de la externalidad”, un proyecto como éste no atrae a inversionistas privados.

Tiende a requerir de voluntad política, del buen deseo de los contribuyentes, y de gobiernos municipales eficientes. Y eso no abunda. India, por ejemplo, tiene 5,161 pueblos y ciudades, según su último censo. ¿Cuántos han logrado construir incluso una red parcial de alcantarillado? Menos de un 6%.

Los parlamentarios británicos de entonces también infringieron, pero finalmente, cuando actuaron, no vacilaron. ¿Cómo se explica esto? Quizás se trata de un capricho de la geografía: el parlamento británico está ubicado a las orillas del río Támesis.

Los funcionarios trataron de escudar a los parlamentarios de la Gran Pestilencia, empapando las cortinas del edificio con una solución de cloruro de cal a fin de contrarrestar la hediondez. Pero fue inútil. No importa cuánto trataron, los políticos no pudieron ignorarlo. El diario The Times contó, con gran satisfacción, que los miembros del Parlamento fueron vistos abandonando las instalaciones, “cada uno con un pañuelo en la nariz”.

Fuente: BBC Mundo / Tim Harford

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