sábado, diciembre 16, 2017
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¿Se puede hackear el cuerpo humano?

Un hacker de Estados Unidos debe demostrar hasta dónde estaría dispuesto a llegar para entrar en un grupo de ciberdelincuentes. No hay límites. El joven decide hackear una montaña rusa. Mata a varias de las personas que iban montadas. “Lo que ocurre en el mundo virtual impacta en el mundo real”, señala la ciberpsicóloga y agente especial del FBI Avery Ryan.

Toda esta trama forma parte de la serie Csi: Cyber. Nada es real. Nada excepto la frase de la agente Ryan, que pertenece a una de las ciberpsicólogas más influyentes (del mundo real). Mary Aiken es doctora en psicología, pionera en este nuevo campo y rubia —como ella misma bromea—, igual que el personaje que ha inspirado en CSI.

La creciente dependencia de la tecnología está cambiando nuestro comportamiento y nos ha vuelto más confiados y desinhibidos en la Red y, por tanto, más vulnerables para que alguien nos intente hackear. La necesidad de conectividad se ha extendido a todo nuestro entorno, llegando incluso a nuestro propio cuerpo. Y si estamos conectados, nos pueden hackear…

Aiken está especializada en estudiar el impacto que la tecnología tiene en nuestro comportamiento y la conducta criminal online. “Estudio las interacciones humanas con la tecnología y los medios digitales, desde teléfonos móviles hasta ciborgs. Pero sobre todo, estoy concentrada en la psicología que hay detrás de Internet. Si algo tiene el poder de cambiar el comportamiento humano, quiero estudiarlo y ver cómo y por qué puede hacerlo”, señaló Aiken durante su conferencia en la Cyber Week 2017 que tuvo lugar en Tel Aviv (Israel) a finales de junio.

Aiken explicó en este encuentro especializado en ciberseguridad las ideas principales de su trabajo, que le han valido para colaborar de forma recurrente con la Interpol, el FBI y la Casa Blanca, entre otros organismos. Primer concepto: la gente se comporta diferente cuando interactúa a través de la tecnología que en el mundo real. Uno de los principales efectos es el del anonimato. “Es el equivalente moderno a tener el poder de ser invisible. Es el combustible para desinhibirse digitalmente”.

Todo se amplifica en el mundo virtual
Segunda idea: “He estudiado casos desde el cibercrimen organizado hasta la cibercondria, la ansiedad por la salud que provoca la búsqueda de consejos médicos en la web; y lo único que observo que se produce una y otra vez es que el comportamiento humano es amplificado y acelerado en el mundo online”.

Aiken tiene un nombre para esto: el ciberefecto. “El altruismo es amplificado online. La gente es más generosa y da más en el ciberespacio que cara a cara. Podemos ver este fenómeno en el extraordinario crecimiento de las plataformas de crowdfunding.

Otro efecto conocido es la confianza: la gente se fía más de aquellos que se encuentra online y da información más rápidamente. Este efecto de desinhibición es como si la gente estuviera borracha. Tienden a creerse seguros cuando no lo están”, describe en profundidad en su libro con el mismo nombre El ciberefecto.

La última idea clave de Aiken es sobre cómo los individuos ignoran todos estos cambios que se producen en ellos. Los seres humanos somos adaptables y ajustamos nuestro comportamiento cuando cambiamos de ambiente: nuevo trabajo, nueva ciudad o nuevo país.

“La mayoría de la gente niega que haya entrado en un nuevo ambiente cuando se conecta a la Red, así que se engaña con la sensación de que nada ha cambiado. Están sentados en sus hogares, rodeados de objetos familiares y sus cuerpos están descansando en sus sillas y sofás. Pero en realidad su mente está ya en otra parte. Y las condiciones del ambiente virtual son diferentes a la vida real. Es por eso que nuestros instintos, adaptados al mundo real, nos fallan en el ciberespacio”.

Pruebas virtuales en la escena del crimen
Dentro de la ciberpsicología, Aiken está especializada en la forense. Se dedica a estudiar las pruebas de comportamiento virtual que se dejaron en la escena del crimen. “Como me gusta pensar en ellas: las ciberhuellas”. Aiken señala que el estudio de los rastros virtuales sigue siendo muy parecido a las huellas reales. “Todo contacto deja un rastro. Es lo mismo para el ciberespacio”.

Este trabajo trata desde predecir el comportamiento virtual de los individuos, estudiar la ciberdelincuencia juvenil —muchas veces manifestada como hackear—, hasta realizar perfiles sobre comportamientos criminales como el ciberacoso.

Las nuevas tecnologías están muy relacionadas con su trabajo. Aiken explora las soluciones que puede aportar la inteligencia artificial —como una forma de encontrar patrones sobre pedófilos— y también los problemas que estas pueden conllevar. El Big Data es una tecnología que ha facilitado el tráfico humano, por ejemplo, considera esta experta.

Una de las primeras influencias de Mary Aiken fue J.C.R. Licklider, un psicólogo e informático estadunidense que escribió ya en 1960: “La simbiosis hombre-ordenador” (Man- Computer Symbiosis). Este ensayo es anterior al nacimiento de Internet, pero ya avanzaba el potencial de una relación simbiótica entre el ser humano y las máquinas.

Cuerpos conectados a máquinas para hackear
Esta relación entre hombre y tecnología se ha hecho más real desde el desarrollo de la interfaz de cerebro y ordenador (BIC, por sus siglas en inglés). Esta tecnología fue creada hace más de una década por grandes centros de investigación de todo el mundo, y está siendo aplicada desde hace algunos años también por algunos de los magnates más importantes del mundo de la tecnología, como Mark Zuckerberg —fundador de Facebook— y Elon Musk —creador de Tesla y Space X—.

Entre todos tratan de vencer esta última barrera: conectar nuestro cerebro con los ordenadores para poder interactuar con el mundo exterior. Las consecuencias de lograr una conexión real parecen de ciencia ficción: personas con lesiones medulares que pueden controlar su silla de ruedas con el pensamiento o aumentar nuestras capacidades humanas. Esta conexión es la segunda forma de hackear nuestro cuerpo.

Pero no es la última. La imparable necesidad de conectividad ha provocado que millones de objetos se conecten a la Red. Neveras, lavadoras, coches o lámparas se pueden controlar ya desde una aplicación, y se puedan hackear. Pero el llamado Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) no se ha quedado solo en objetos, sino que va a llegar también al cuerpo humano. Prótesis o marcapasos que se puedan revisar sin operaciones quirúrgicas. Conectadas y, por tanto, se puedan hackear.

Y según advierte John Lyons, fundador de la Alianza Internacional de Ciberseguridad: “En unos cinco años podremos registrar todo sobre nuestra condición médica y transmitirla en directo a nuestros médicos. Si eres diabético podrás saber inmediatamente si necesitas tomar menos o más azúcar. Esta interacción traerá beneficios, pero también amenazas. La preocupación ya no será si has perdido dinero en tu cuenta de banco, sino si alguien te puede hackear y hacer que se pare tu corazón”.

Fuente: Beatriz Guillén Torres para Ventana al Conocimiento

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