jueves, septiembre 5, 2019
Home > Ciencia > ¿Es ético utilizar los descubrimientos científicos nazis para salvar vidas?

¿Es ético utilizar los descubrimientos científicos nazis para salvar vidas?

Desde la contribución de científicos nazis a las misiones Apolo hasta el desarrollo de medicamentos contra el VIH, algunos avances recientes aprovecharon investigaciones realizadas anteriormente por los nazis. ¿Qué tan ético es ese uso desde el punto de vista científico?

En la búsqueda de un ángulo local en el 50º aniversario de la llegada del hombre a la Luna, la estación de noticias WTOP de Washington DC publicó una elogiosa biografía del “brillante” ingeniero aeroespacial Wernher von Braun, quien fue enterrado cerca de la ciudad de Alexandria en Virginia, Estados Unidos, en 1977.

Sin embargo, el artículo causó gran polémica y fue eliminado rápidamente. ¿La razón? Que no se había mencionado que él era nazi. Hay pocos rincones del progreso científico que no hayan sido empañados, en algún momento de su historia, por un comportamiento inmoral o poco ético.

Física, biología, zoología, medicina, psicología, antropología, genética, nutrición, ingeniería… Todos están plagados de descubrimientos hechos en circunstancias que pueden describirse como poco éticas y hasta ilegales, como las realizadas por los científicos nazis.

¿Cómo deberíamos sentirnos haciendo uso de ese conocimiento, especialmente cuando podría ser de gran ayuda para la civilización e incluso salvar vidas? La presencia de von Braun en el programa Apolo no fue un caso atípico.

Más de 120 científicos nazis e ingenieros alemanes se unieron a él, incluido su compañero de las SS, el oficial Kurt Debus (quien se convirtió en director del Centro de Operaciones de Lanzamiento de la NASA) y Bernhard Tessmann (diseñador del colosal edificio para el ensamblado vertical de vehículos espaciales en lo que actualmente es el Centro Espacial Kennedy).

Ellos estaban entre los 1,600 científicos que fueron reclutados por espías al final de la Segunda Guerra Mundial, como parte de la Operación Paperclip, lo que les otorgaba protección ante un posible enjuiciamiento y un salvoconducto para ingresar a Estados Unidos y permiso para proseguir su trabajo.

Polémicas aportaciones
Las fuerzas aliadas también se sirvieron de otras innovaciones realizadas por científicos nazis. Agentes neurotóxicos como tabún y sarín (que impulsarían el desarrollo de nuevos insecticidas, así como armas de destrucción masiva), la cloroquina antipalúdica, la metadona y las metanfetaminas, la investigación médica sobre hipotermia, hipoxia, deshidratación y más, fueron todos producidos a partir de experimentos con humanos realizados en campos de concentración.

Los tableros de aglomerados, algunas formas de caucho sintético y el refresco Fanta también fueron desarrollados por los alemanes bajo el régimen nazi. Pero esto estaba lejos de ser un caso excepcional de investigación poco ética en la historia de la ciencia.

Durante 40 años, a partir de 1932, investigadores de la Universidad de Tuskegee, en Alabama, rastrearon el progreso de la sífilis en cientos de hombres negros pobres, ninguno de los cuales había recibido jamás un diagnóstico o tratamiento, pese a que el antibiótico de la penicilina que podría curar la enfermedad estaba ya disponible en aquel momento.

En un estudio relacionado, médicos estadunidenses en la década de 1940 propagaron intencionalmente infecciones de transmisión sexual para estudiar estas enfermedades. Conscientes del escándalo que esto podría provocar, los experimentos se realizaron en Guatemala.

De 1955 a 1976, en lo que se conoció como “El desafortunado experimento”, cientos de mujeres con lesiones precancerosas fueron dejadas sin tratamiento para ver si desarrollaban cáncer cervical. Los detalles del estudio solo salieron a la luz tras una denuncia de dos defensoras de la salud femenina, Sandra Coney y Phillida Bunkle.

El estudio, que se desarrolló en Nueva Zelanda, quería comprobar unas teorías sobre la importancia de la intervención temprana, pero una pesquisa posterior sobre esta investigación realizada por la jueza Silvia Cartwright criticó el tratamiento de los pacientes por parte de los médicos que llevaron a cabo el estudio.

La vacuna contra la polio, además de muchos otros avances médicos, debe su existencia a las células humanas que fueron tomadas de Henrietta Lacks sin contar con su conocimiento o consentimiento.

Ella nunca recibió ninguna compensación. La línea celular cultivada a partir de esas muestras iniciales se ha utilizado en innumerables investigaciones sobre drogas, toxinas, virus y también para estudiar el genoma humano.

En la década de 1950, Robert G Heath fue pionero en el uso de electrodos implantados en el cerebro en un intento por cambiar la orientación sexual. Hoy en día, una tecnología similar es utilizada como tratamiento para la epilepsia, la enfermedad de Parkinson y el cordón neuronal anunciado recientemente por Elon Musk.

Dilema ético
No es controversial afirmar que estos experimentos jamás debieron haber ocurrido. Pero ahora que sucedieron, ¿qué debe hacerse con la información obtenida? “La intuición elemental es que si una información fue obtenida de manera poco ética y nosotros usamos esa información, entonces nos convertimos en cómplices de esa acción pasada”, dice Dom Wilkinson, especialista en Ética Médica de la Universidad de Oxford.

Esta es una visión bastante común, incluso entre aquellos que hacen uso de tales hallazgos. En la revista de bioética The Hastings Center Report, en 1984, Kristine Moe relata una conversación que mantuvo con John Hayward, un destacado experto en hipotermia de la Universidad de Victoria en Canadá que utilizó datos de científicos nazis en sus estudios.

“No quiero tener que usar esta información, pero no existe otra ni la habrá en un mundo ético”, dijo. “Lo he justificado un poco. Pero no usarlo sería igualmente malo”.

Pero la experiencia de Hayward fue inusual. “Yo creo que es importante decir que estos hallazgos rara vez proveen información clave de manera aislada”, dice Wilkinson. “En su mayor parte, la información científica es como una pieza de un rompecabezas: encaja en un rompecabezas general”.

Las contribuciones de Wernher von Braun al programa espacial Apolo pueden haber sido considerables. Pero es imposible saber si la NASA podría o no haber resuelto el problema de cómo aterrizar en la Luna sin su ayuda y el conocimiento que obtuvo mientras trabajaba en el programa de cohetes V-2 de los científicos nazis.

Mientras tanto, los resultados del llamado “desafortunado experimento” y el de Tuskegee no modificaron drásticamente nuestra comprensión de la sífilis o el cáncer ni sus hallazgos fueron tan imprescindibles.

“No hay muchos otros estudios observacionales que vean qué sucede si no se da tratamiento al cáncer de cuello uterino”, comenta Wilkinson. “Pero incluso si dijiste que ‘no usamos esta parte de la ciencia’, no tendríamos una comprensión diferente del cáncer de cuello uterino”.

Puede resultar tentador pensar que las prácticas médicas poco éticas son cosa del pasado, que la medicina moderna reñida con la inmoralidad fue un incidente aberrante a mediados del siglo XX y que a medida que avanzamos el trabajo realizado entonces pasará a ser irrelevante desde el punto de vista científico.

De ahora en adelante, podríamos decirnos a nosotros mismos que toda nuestra recopilación de datos será legítima y nuestros descubrimientos serán éticamente sólidos. Pero lamentablemente, ese no es el caso.

A semejanza de los estudios de sífilis realizados en Guatemala, muchos ensayos clínicos se llevan a cabo en la actualidad en países en desarrollo por las mismas discutibles razones: las regulaciones son más laxas y se reduce el riesgo de sufrir daños de reputación por cualquier resultado negativo.

Un informe de 2008 publicado por el Centro de Investigación sobre Corporaciones Multinacionales dio a conocer detalles de muchos de estos ensayos poco éticos, llevados a cabo en India, Nigeria, Rusia, Argentina y Nepal, entre otros.

Este reporte reveló las muertes no registradas de 14 mujeres en Uganda durante un ensayo de Nevirapina, un medicamento contra la transmisión del VIH. También hizo público que ocho pacientes en la ciudad de Hyderabad, en India, murieron durante un ensayo del fármaco anticoagulante estreptoquinasa y ninguno de ellos sabía que formaba parte de dicho experimento.

Mal ejemplo
La necesidad de hacer algo bueno con los datos, incluso si estos fueron obtenidos de forma poco ética, conlleva sus propios problemas. Aparte de acarrear el peso de la complicidad, ¿el uso de los hallazgos dice a los investigadores actuales y futuros que es mejor pedir perdón que pedir permiso? “Hay algo muy particular sobre el conocimiento y es que es irreversible. No se puede desconocer algo”, dice Wilkinson.

“Una de las preocupaciones de utilizar los datos es que manifiesta la postura de que esta investigación estuvo bien y alienta a futuros investigadores: ‘la historia me juzgará positivamente’. No queremos hacer eso. No queremos promover la investigación poco ética”.

Wilkinson destaca el caso reciente del investigador chino que anunció en 2018 que había creado los primeros bebés a partir de genes editados. “Es un ejemplo realmente sorprendente; parece que estaba motivado por la fama particular asociada con ser el primero”, señala.

La Comisión de Salud de China comparte ese punto de vista. Su indagación sobre la investigación concluyó que el científico “llevó a cabo ilegalmente la investigación en busca de la fama y la ganancia personal”.

La decisión de utilizar los datos no debe hacerse sin lamentar o sin reconocer el horror incomprensible que los produjo. No podemos dar ninguna aprobación implícita a los métodos. Sin embargo, tampoco debemos dejar que la inhumanidad de los experimentos de científicos nazis nos ciegue ante la posibilidad de que algo bueno pueda ser rescatado de las cenizas.

Fuente: BBC Mundo / Frank Swaine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.