domingo, diciembre 29, 2019
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El problema de ajedrez que diferencia a los humanos de las máquinas

¿De dónde viene la consciencia humana? No sabemos qué nos hace ser lo que somos. ¿Puede un problema de ajedrez ayudar a responder esta cuestión? Al menos eso creen algunos prestigiosos físicos.

¿Qué separa a nuestros impresionantes cerebros de las máquinas? ¿Qué diferencia tiene una red cerebral de una red neuronal de supercomputación? ¿Qué nos hace ser lo que somos? Esta pregunta lleva volviendo locos a los neurocientíficos y filósofos desde hace décadas.

Y ahora, el ilustre Sir Roger Penrose, quien compartió en 1988 el Premio Wolf junto a Stephen Hawking, pretende dar un paso más para resolver este enigma mediante un tablero de ajedrez: ¿de dónde proviene la consciencia humana?

La delgada línea de la consciencia humana
Tengamos en cuenta el tablero de la imagen. Las blancas están en clara desventaja: son menos, con piezas menos importantes y en una posición comprometida. ¿Pueden ganar o, al menos, empatar contra las negras? Cualquier supercomputador contestará lógicamente que no. Eppur si muove, como decía Galileo.

Y es que la inquietante presencia de los alfiles supone un esfuerzo computacional que excede la capacidad analítica de las computadoras actuales. Pero, a pesar de lo que dicen los ordenadores, nuestro cerebro es fácilmente capaz de utilizar las reglas conocidas del ajedrez a la hora de calcular la vía más eficiente en este singular tablero. Así, con este acertijo, el Instituto Penrose está interesado en resolver el enigma que podría explicar la razón de la consciencia humana.

Para ello, solicitan que la gente les envíe sus soluciones al correo electrónico. Y más importante aún, que les expliquen cuál fue el pensamiento o el proceso que hizo llegar a la conclusión o resolución del problema. Porque entre esos pensamientos, entre la delgada línea que separa un resultado de otro, podría encontrarse la respuesta que buscamos sobre la naturaleza humana. O, al menos, una pista más.

“Si encontramos qué nos diferencia a los seres humanos de los superordenadores”, explica el propio Penrose para The Telegraph, “podríamos deducir profundas implicaciones sociológicas”. En sus propias palabras, a pesar de las impresionantes “habilidades” mostradas por los supercomputadores, existen capacidades en las que los seres humanos superan ampliamente a las computadoras. La creatividad es un buen ejemplo de ello.

El pensamiento cuántico
Penrose es famoso por sus trabajos matemáticos para entender los mecanismos cuánticos que rodean las “singularidades” en los agujeros negros. Especialmente, es conocido por su trabajo tratando de enlazar la relatividad general con la mecánica cuántica, una tarea no siempre exitosa pero que podría ayudarnos a entender el universo que conocemos.

Desde su perspectiva, Penrose está convencido de que los mecanismos cuánticos albergan los secretos que buscamos para hallar la consciencia humana. Por supuesto, este es un punto de vista controvertido, cuanto menos. Pero lo cierto es que hemos encontrado ejemplos de efectos cuánticos en fenómenos bien conocidos, como la fotosíntesis o, incluso, macroscópicos, como la migración de las aves. ¿Por qué no, entonces, iba a tener que ver con algo tan complejo como la consciencia humana?

Desde hace ya décadas, tenemos tendencia a comparar la mente humana con la supercomputación. Aunque tal y como vimos en su momento, esto no es tan sencillo. No podemos limitarnos a comparar capacidad de resolución de problemas, pues el cerebro trabaja a diversos niveles, muy profundos, complejos y, muchas veces, extraños.

Todavía desconocemos cómo funcionan nuestras redes neuronales a pesar de haber hecho extraordinarios descubrimientos en los últimos años. Quién sabe si tras estos enigmáticos mecanismos, o la unión de ellos, no se encuentra eso que llamamos consciencia humana, aquello que nos hace (según decimos), tan especiales. Penrose lleva años criticando la comparación entre computación y cerebro, para lo cual ha explicado diversos argumentos en diferentes libros a lo largo de su carrera.

Puede, incluso, que sea alguna manifestación de las extravagantes fuerzas cuánticas la que tenga la última palabra en todo ello. Pero cuidado. Con el término “cuántico” llega la incertidumbre y las malas artes. Hay, últimamente, quien no duda en utilizar la palabra para extender todo tipo de extrañas creencias y argumentos pseudocientíficos.

Pero recordemos que no es de eso de lo que habla Penrose ni ningún científico que se precie. La incógnita que genera nuestro cerebro o la propia mecánica cuántica no da vuelos a ideas disparatadas que mezclan asuntos claramente “místicos” y mal enfocados. La mecánica cuántica, al igual que la neurología y cualquier otra ciencia relacionada con la mente humana tiene su base en mecanismos explicados o por explicar, que dejan, sin lugar a dudas, unas bases claras. Y que, por otro lado, como el tablero de ajedrez, implica seguir unas reglas. No saltárselas a voluntad.

Fuente: Hipertextual / Santiago Campillo

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