sábado, octubre 19, 2019
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¿Cómo hace nuestro sistema inmunológico para recordar una infección durante años?

Nuestro sistema inmunológico es una maravilla de la ingeniería biológica. Y ¿cómo es capaz de recordar durante tantos años al enemigo que una vez nos infectó? Un nuevo estudio desvela este secreto. Podríamos pensar que estamos vivos de puro milagro. Nuestro cuerpo está sometido a cada momento a millones de bacterias que podrían matarnos en un santiamén. Y, sin embargo, aquí estamos.

Esto se debe, en gran medida, a nuestro excelente sistema inmunológico, el cual se encarga de recordar quiénes son esos patógenos peligrosos para nuestra salud, con la intención de mantenerlos a raya. Su funcionamiento es tan preciso y eficaz (a veces demasiado) que nos deja perplejos y sorprendidos. ¿Cómo hacen nuestras células para recordar una infección años después de que haya ocurrido? Por fin, un grupo de investigadores ha dado con algunas de las claves sobre este misterio.

La memoria del sistema inmunológico
Uno de los factores cruciales de nuestro sistema inmunológico es, sin duda, la capacidad de recordar los ataques y patógenos peligrosos. Sin esto, sencillamente, no funcionaría. La memoria del sistema inmunológico es algo esencial en nuestra supervivencia ya que sin ella, o bien sería inútil o sufriríamos con frecuencia problemas autoinmunes.

Una vez que los leucocitos se ponen en contacto con una infección, algunas de las células especializadas se encargan de cambiar su configuración para detectar a la bacteria o el virus que la produjo. Así es la primera vez, nos ponemos enfermos y se desata “la ira” del cuerpo: hinchazón, fiebre, pus… Pero la siguiente vez, nuestras defensas no dejarán que esto pase porque recuerdan al causante y lo aniquilan antes de que se extienda.

Esto es lo que ocurre con las vacunas, que sirven para inyectar trocitos de la bacteria o del virus. Pero estos trocitos son partes “rotas”, que no funcionan y no pueden infectar a un ser vivo. Aun así, nuestras defensas los reconocen y los recuerdan para la próxima vez. De esta manera hemos “engañado” al sistema inmunológico para que recuerde una infección que jamás tuvo lugar.

Pero volviendo al descubrimiento, aunque sabemos que esto es así, el hecho de que nuestro cuerpo fuera capaz de recordar estos ataques años después de que ocurrieran sigue siendo uno de los misterios mejor guardados de la vida. Ahora, una investigación dirigida por científicos de la Universidad de California, Berkeley, en colaboración con investigadores de la Universidad de Emory ha desvelado el enigma.

El último reducto de guardianes
La respuesta es la siguiente: siempre hay un pequeño reducto de células que sobrevive “recordando” la infección. Vamos a explicarlo un poco mejor. Como decíamos antes, el sistema inmunológico recuerda las infecciones de la siguiente manera: entre los linfocitos existen un tipo conocidos como linfocitos T, también llamados agranulocitos. Estos, entre otras funciones, se encargan de coordinar la respuesta inmune y mantener la memoria celular de los ataques.

¿Y cómo lo hacen? Cuando “devoran”, o fagocitan más bien, un elemento propio del causante de la infección, modifican su membrana de manera que utilizan marcadores especiales con mucha afinidad por este patógeno. Así, si vuelve a entrar en el cuerpo, estas células, que pasean por nuestro sistema, reconocerán de inmediato al atacante gracias a esta membrana modificada para tal fin. En ese momento desencadenarán una respuesta inmune local y acabarán con el principio de infección.

Pero como todas las células, todos los linfocitos tienen una vida media. Lo que han demostrado los investigadores es que estas células en concreto son mucho más duraderas que sus hermanas. Así, estos linfocitos T modificados para reconocer la infección son capaces de durar diez veces más que otros. Aunque esto no ocurre con todos ellos, sino con una parte de los mismos que “evoluciona” para convertirse en un pequeño reducto de larga duración.

Literalmente, estos linfocitos T se convierten en la memoria del sistema inmunológico, como un pequeño grupo de valientes veteranos, esperando a que el virus o la bacteria vuelva a aparecer de nuevo. Una vez que se desencadena la infección, estas células vuelven a multiplicarse, de manera que siempre hay un pequeño grupo de linfocitos memoria esperando para mantenernos a salvo. Y es que tu cuerpo no olvida a sus enemigos.

Cómo estudiar células durante treinta años
Uno de los apartados más interesantes del estudio es el método utilizado por los investigadores para seguir el destino de las células nada menos que ¡durante treinta años! Y para ello rastrearon las células T en personas vacunadas contra el virus de la fiebre amarilla usando una tecnología desarrollada en Berkeley. Esta tecnología es capaz de monitorizar el nacimiento y la muerte celular durante largos períodos de tiempo.

Los resultados mostraron que las células T CD8+, responsables de la inmunidad a largo plazo, proliferaban rápidamente tras la exposición al ataque, para hacer frente a la infección. Pero cuatro semanas después, estas cambiaban para convertirse en un pool de memoria, alargando su vida decenas de veces más que la célula T promedio.

“Estas células son como soldados veteranos, acampados en la sangre y los tejidos donde libran sus batallas, esperando que aparezca la fiebre amarilla”, explicaba Marc Hellerstein, coautor principal y profesor de ciencia nutricional y toxicología en la Universidad Berkeley. “Descansan en silencio y aparentan ser nuevos reclutas; pero tienen mucha experiencia, y están listos para entrar en acción salvajemente ante el retorno de los invasores”.

“Este trabajo aborda preguntas fundamentales sobre el origen y la longevidad de la memoria inmunológica humana mediante células T CD8+ generadas después de una infección aguda”, comentaba Hellerstein. “Comprender la base de la memoria inmune efectiva a largo plazo puede ayudar a los científicos a desarrollar mejores vacunas, comprender las diferencias entre las enfermedades y diagnosticar la calidad de la respuesta inmune de una persona”.

Fuente: Hipertextual / Santiago Campillo

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